Sin embargo, pensar que “no pasó nada” sería un error. Lo que ocurrió no es un retroceso legal explícito, sino algo más sutil y, por eso mismo, más eficaz: un corrimiento político e institucional.

El cannabis medicinal sigue siendo legal. El registro sigue existiendo. Los permisos no cayeron en bloque. Pero el programa fue desplazado a un nuevo marco de lectura, y eso cambia profundamente su futuro.


De salud a control: el verdadero movimiento

Hasta ahora, el REPROCANN se sostenía —con todas sus falencias— sobre una lógica sanitaria: paciente, médico, tratamiento, registro. Una política imperfecta, pero anclada en la idea de acceso a la salud.

El nuevo esquema lo reubica simbólicamente dentro del campo de la “política de drogas”. No es un detalle técnico. Es un cambio epistemológico: cuando algo deja de pensarse como salud y empieza a leerse como droga, la presunción deja de ser el derecho y pasa a ser el riesgo.

No hace falta derogar una ley para eso.


El método: no prohibir, complicar

El Estado actual no necesita avanzar con prohibiciones frontales. Le alcanza con otra estrategia, más silenciosa: administrativizar el desgaste.

Más controles.
Más fiscalización.
Más recertificaciones.
Más discrecionalidad.

El derecho sigue escrito, pero el acceso se vuelve frágil, lento, impredecible. La política no desaparece: se vacía por dentro.


El error de fondo

Confundir cannabis medicinal con “política de drogas” no es una posición ideológica: es una mala arquitectura institucional.

El cannabis terapéutico no se aborda como una adicción, no se gestiona como un problema de seguridad, no se ordena desde la lógica de la abstinencia. Regularlo desde ese marco es equivalente a tratar la morfina oncológica como un problema de opiáceos.

No es neutralidad. Es error conceptual.


Quién sostiene lo que el Estado ya no

El REPROCANN sigue vivo, pero perdió algo clave: su colchón político. Ya no está respaldado por una narrativa estatal de ampliación de derechos, sino rodeado por una lógica de vigilancia y control.

Si sobrevive, no será por convicción gubernamental.
Será por pacientes, médicos, comunidad y presión social.

El Estado ya no lo garantiza: lo observa.


El actor que no aparece en los decretos

Mientras tanto, hay un actor que no figura en los organigramas pero entiende muy bien estos movimientos: la industria farmacéutica.

Un sistema más restrictivo, más centralizado y menos comunitario no es un vacío; es una oportunidad. Donde se debilita el autocultivo y la confianza médico–paciente, se fortalece el mercado formal, concentrado y regulado por pocos.

No hace falta conspiración para entenderlo. Es estructura de poder.


Cierre

El Decreto 27/2026 no mata al REPROCANN.
Pero cambia el terreno donde se juega su continuidad.

Y en política pública, muchas veces, mover el tablero es más efectivo que patearlo.

Informarse no es exagerar.
Es entender a tiempo.